La metáfora de la ola

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Ilustración Meel Cerecer

 

“Imagina que estás en el mar; el clima es agradable, el agua llega a tu cintura y logras ver tus pies de lo cristalina que es el agua. No hace falta absolutamente nada, en la playa están todos tus seres queridos y allegados, lo estás pasando tan bien que piensas “ojalá todos los días fueran como este”.
 

Mientras disfrutas el día, logras ver que una gran ola se aproxima; es una ola tan alta y rápida que podría abrumar e intimidar a cualquiera; al ver esta ola a la distancia notas que en definitiva no es una ola mortal, pero reconoces que te hará pasar un mal rato.
 

Imaginemos que ante la llegada de esta ola, sólo puedes tomar una de dos opciones: por un lado puedes dar un paso atrás y escapar momentáneamente de la ola, o bien, dejar que la ola pase sobre ti y sufrir momentáneamente su atropello.

 

¿Qué crees que escoge la mayoría de la gente? Obvio ¿no lo crees?, La primera opción es la más  sencilla y práctica, dar un paso atrás es fácil y en esta circunstancia tiene completa lógica ¿por qué querrías arruinar un lindo día como este?
 

Al dar un paso atrás efectivamente te alejas de la ola, y todo parece funcionar de maravilla, sin embargo no pasa mucho tiempo cuando una vez más la ola se acerca a ti, entonces hacemos lo que en el pasado ya nos ha funcionado, y volvemos a escapar.
 

Después de un tiempo de hacer esto, notas que la ola no desaparece, la ola sigue siempre su camino y a cada paso que retrocedes notas, que lentamente la ola se hace más y más grande y cada vez llega más pronto a ti, y reconoces que tarde o temprano esta ola (¡cada vez más grande!) te habrá de arrastrar.
 

Así hay personas, que pasan toda su vida huyendo de esta ola, teniendo pensamientos como: “¿En qué momento se hizo tan grande esta ola que no me di cuenta?”, o pensamientos como “¿Por qué parece que solamente a mi me persigue esta ola, habiendo tanta gente en el mar?” o una idea como “Sería muy absurdo de mi parte dejarme llevar por esta ola, que cada vez es más y más grande”.
 

De esta manera, toda nuestra atención y energía se dirige a cómo escapar de esta ola, siendo esto sumamente cansado y sin lograr realmente salir de esa situación. Así es como sin darnos cuenta, dejamos de disfrutar por completo de la playa, del mar, del clima y la compañía, y aquellos días felices, se recuerdan muy lejanos, casi inalcanzables, como un sueño viejo.
 

¡Pero espera!¿Qué hay de esa segunda opción? esa opción que casi nadie toma, por lo menos no a la primera. La opción que sugiere dejar de luchar ante la ola…
 

Al decidir no huir más de la ola, lo primero que notaremos es miedo, recuerda que es una ola verdaderamente aterradora, y al verla acercarse nuestra mente nos dirá que huyamos.
 

Después, inevitablemente y con poca gentileza, somos tocados por la ola. Desde el inicio la sensación es dolorosa y desconcertante, no sabemos dónde es arriba ni dónde es abajo, no sabemos si nadar o no,  no podemos respirar y nos desesperamos, además nos llenamos de arena y la ola nos mueve bruscamente del lugar que estábamos disfrutando.
 

Cuando al fin podemos respirar notamos que nos deja la ola desconcertados, sin fuerzas y con una experiencia desagradable.
 

Como es de esperarse, en ese momento te invaden pensamientos como: “¿Y si la próxima ola es más grande?” “¿Esto ha sido una mala idea?” “¿y si la próxima ola te arrastra al mar y no a la orilla?” “¿Y si en la próxima ola te lastimas?” “Puedes morir aquí”…
 

…en ese momento de confusión, otra ola se a acercado, y una vez más debemos elegir, entre huir de la ola o afrontarla. Algo dentro de nosotros nos dice que es mejor afrontar esta ola por más aterradora y dolorosa que sea esta experiencia, pues además ya estamos cansado de huir. 
 

La ola llega, y de nuevo, nos hace pasar un mal rato. Después llega otra ola, y otra y otra, y otra…
 

Después de no mucho tiempo, empiezas a notar que las olas, son cada vez más y más pequeñas, menos aterradoras, o al menos no son cada vez más grandes, empiezas a notar también que las olas tardan cada vez más tiempo en llegar. Sin darte cuenta, esa aterradora ola, ahora ya no lo es tanto, comienzas a acostumbrarte, incluso aprendes a disfrutar un poco de la emoción intensa que te producen.
 

Poco a poco, empiezas una vez más, a disfrutar del mar, una vez ya tranquilo miras a tu al rededor y notas que hay otras personas también, algunas huyendo de las olas, y otros afrontándolas, como tú. 
 

Y entonces comprendes, que aunque hay muchas cosas que puedes hacer ante una ola, quitarle al mar sus olas no es una de ellas, sencillamente esa es su naturaleza, las olas son inevitables y así como en veces el mar está en calma, algunas veces sus mareas son violentas y no hay nada de malo en ello.
 

Muchas veces nuestras emociones, recuerdos o pensamientos (sobre todo los desagradables) son como esa ola. Cuando huimos de ellos, cuando hacemos lo posible para no sufrir por ellos, cuando damos un paso atrás, sin querer los hacemos más y más grandes y terminamos muy cansados, y no cansados de esos pensamientos o emociones, sino de no dejar de huir de ellos.
 

Aunque de inicio no tenga mucho sentido, a veces lo mejor es dejarse llevar por la ola, experimentar sin resistencia esos pensamientos y emociones en lugar de evitarlos aunque eso implique sentirnos peor por un momento, porque así como las olas forman parte de la naturaleza del mar, las emociones, también las desagradables, son parte de vivir.
 

¿Qué harás la próxima vez que tengas una emoción, sensación, un recuerdo, o un pensamiento desagradable? ¿Qué sería mejor a largo plazo?”


 

***



 

Nota importante

En la tercer ola de tratamientos conductuales, llamadas también terapias verbales, la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) ha sido la favorita dentro del ámbito clínico por su solides empírica, su novedosa implicación práctica y su parsimonia con los principios conductuales y otras ciencias como la biología. A pesar de ser un tratamiento relativamente nuevo ya se encuentra en la lista de tratamientos con respaldo empírico de la American Psychological Association (APA) para problemas de ansiedad, trastornos obsesivos compulsivos, dolor crónico y psicosis, aunque en este último no se busca directamente la reducción de los síntomas de la psicosis sino mejorar la capacidad de hacer frente a los síntomas psicóticos y reducir el malestar.
 

Dentro de la práctica clínica, todo terapeuta que ha tratado pacientes con un trastorno obsesivo-compulsivo cuyas compulsiones son rituales cognitivos, sabe el reto que representa aplicar el tratamiento cognitivo-conductual convencional. Un reto similar encontramos cuando ayudamos a personas con crisis de angustia sin agorafobia o trastornos de ansiedad generalizada, debido a que se dificulta el acceso a lo necesario para una terapia de exposición; en otras palabras, es muy fácil realizar una terapia de exposición para una fobia específica comparándolo a una crisis de angustia sin agorafobia ya que en este último no sabemos cómo producir la ansiedad para desensibilizar al paciente y la exposición interoceptiva no se compara en si a un verdadero ataque de ansiedad.
 

Dicho lo anterior, la aproximación desde el ACT busca el abandono de la lucha por controlar aquellos pensamientos y sensaciones desagradables, así como erradicar las conductas de escape y evitación encontradas normalmente en los problemas de ansiedad y pretende lograrlo: 1) estableciendo un estado de desesperanza creadora, 2) hacer ver que el problema es el control, 3) diferenciar entre la persona y la conducta, 4) abandonar la lucha contra las emociones y pensamientos y finalmente 5) establecer el compromiso de actuar. Los métodos y componentes utilizados en el ACT para lograr dichas metas son básicamente tres: metáforas, paradojas y ejercicios experienciales.

 

Las metáforas, particularmente en el contexto clínico tienen un eco importante en los pacientes, pues logran identificarse con ellas y comprender la realidad que les atañe; ayudan a explicar la función de las conductas de escape y evitación, ayudan a hacer ver que todo lo realizado hasta ese momento no ha funcionado y que sería lógico dejar de hacer lo mismo, enseñan que sin querer las conductas del paciente han contribuido a que el problema se mantenga o empeore y más importante, generan una disposición al cambio y al abandono de conductas que no han mostrado servir, tal como habitualmente sucede en casi todos los trastornos de ansiedad.

 

La metáfora de la ola se desarrolló e implementado en pacientes del Centro Integral de Psicología con trastorno obsesivo-compulsivo, trastornos de estrés agudo, trastornos de estrés post-traumático, duelos no patológicos, crisis de angustia sin agorafobia y fobias, mostrando ser una herramienta útil para explicar al paciente de manera muy sencilla la función de las conductas de escape y evitación, ayudándole a identificarlas y provocando una disposición a no luchar contra los sentimientos y pensamientos desagradables ayudando a la flexibilidad psicológica que se intenta conseguir y facilitando también la voluntariedad de los pacientes a las terapias de exposición y auto-exposición.
 

La metáfora de la ola persigue los mismos objetivos que la metáfora de la arena movediza utilizada en el ACT; dentro de la práctica clínica en Centro Integral de Psicología se formuló la metáfora de la ola y se explicaron ambas metáforas a los pacientes, en charlas y consultas posteriores se logró identificar que los pacientes parecen recordar mejor o identificarse más con la metáfora de la ola. Reconocemos que desconocemos el por qué, tal vez sea alguna cuestión demográfica, cultural, tal vez el terapeuta platique mejor una metáfora que otra o alguna otra variable.
 

Cual sea el caso es importante remarcar que el éxito del tratamiento no se desprende de la metáfora por si misma sino de los efectos del tratamiento en su totalidad. De ahí que se extienda esta invitación a utilizar, investigar y/o mejorar la metáfora de la ola en la práctica clínica dentro del contexto correspondiente, en el entendido de que se propone no como una alternativa de tratamiento sino como una herramienta aplicable en los tratamientos conductuales que ya cuentan con respaldo empírico.



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Psicólogo Osvaldo Muñoz

Osvaldo Muñoz Espinoza

Director y Psicólogo en Centro Integral de Psicología
Licenciado en Psicología Clínica, UNISON
Estudia Master en Terapia de Conducta, UNED
Doctorante en Evaluación Educativa, UDLM
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