Mejorar la conducta de los niños modificando la conducta de los adultos.

Técnicas correctivas para padres e hijos

Por Luis Daniel Ibarra Salaices

Centro integral de Psicología

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Partimos del supuesto de que todo padre de familia “quiere” la mejor educación para sus hijos.
 

El “querer” es una importante parte para lograr una educación adecuada  en los hijos. Nadie duda de ello. Pero el querer, aunque es necesario, no es suficiente. En ocasiones, los padres tienen muy claro los valores que quieren promover en sus hijos, así como las cosas que se permiten y no se permiten en casa, y sin embargo, no logran comunicarlo de manera efectiva a sus hijos. Es decir, no han sido exitosos en lograr que sus hijos se comporten según dichos valores y normas familiares. De ahí la importancia de recurrir al apoyo profesional en los casos en que el padre de familia (y en ocasiones el maestro) no encuentra las formas adecuadas de hacerlo.
 

No obstante, debe quedar claro, que son siempre los padres (o los maestros en el caso de la escuela) los encargados de poner en práctica las medidas indicadas por el psicólogo. Son ellos los que se harán cargo de intervenir de manera directa con el niño. Las intervenciones basadas en el modelo consultorio-psicólogo-niño, han quedado atrás, simplemente porque no funcionan –nos referimos al caso de problemas conductuales. Los problemas conductuales en casa, han de ser atendidos allí, en su contexto, por los padres. De igual forma, esto aplica a los problemas que se suscitan en la escuela. Estos han de ser atendidos en la escuela, por el maestro.
 

Educar es algo tan general como la transmisión de la cultura. Es un proceso generacional: los padres, el maestro, y los demás adultos significativos, modelan y moldean el comportamiento de los niños, transmitiendo formas adecuadas de conducirse en sociedad, conocimientos, destrezas, etc. Esto permite el avance de la humanidad. La cultura es un logro exclusivamente humano.
 

Para educar es necesario alguien que enseñe y alguien que aprenda. Implica un proceso de enseñanza-aprendizaje. Por fines prácticos vamos a centrarnos en el concepto de aprendizaje y también en la relación padre-madre hijo, pero reconociendo la trascendencia que la educación escolarizada ejerce sobre los niños.
 

El Dr. Julio Varela, expresa que la capacidad del ser humano para aprender es sorprendente. Pero desafortunadamente, aprendemos no sólo a comportarnos en forma correcta sino que también aprendemos a responder en forma equivocada o incorrecta. La labor  de los padres incluye la corrección de los comportamientos que socialmente no son adecuados. La mayor parte de esta labor correctiva se refiere al comportamiento que se conoce en general como “indisciplina”, aunque en términos técnicos podemos referirnos a ella como comportamiento socialmente equivocado ya que casi siempre implica la infracción de alguna regla o norma establecida por la sociedad y que interfiere con la adaptación del niño a su medio social.
 

Aquí se observa algo importante. Regularmente cuando un niño “se porta mal”, decimos, “es que este niño no aprende”. Está implícita una definición errónea de aprendizaje: la que se refiere solo al comportamiento efectivo o adecuado como producto del aprendizaje. El comportamiento inadecuado también se aprende. Entonces, en los casos en que un niño “se porta mal”, en vez de decir “es que este niño no aprende”, deberíamos decir “es que este niño aprendió a portarse así”. ¿Cómo fue que aprendió a portarse así?
 

El aprendizaje del comportamiento adecuado o inadecuado, se da siempre como producto de la interacción con las personas de su medio social: madre, padre, maestro, amigos etc.
 

Hasta ahora entendemos que lo que se aprende es siempre un comportamiento, y que este puede ser adecuado o inadecuado. Además de que ese comportamiento se aprende en relación con algo (personas). De ahí la importancia de conocer cómo los padres y demás personas interactúan con los niños, para descubrir el por qué de su comportamiento. Para lograr esto es necesario conocer y comprender determinados procesos relacionados con el aprendizaje y la conducta, y así, aplicar ese conocimiento para formarlos adecuadamente, en aras del bienestar de la familia en lo particular; y de la sociedad en lo general.
 

Si queremos modificar el comportamiento de los hijos, para bien, debemos:
 

  • Modificar el medio
  • Presentar modelos (dar ejemplos del comportamiento adecuado) y
  • Todo ello implica modificar el comportamiento de los padres.


 

Conductas aceptables, disruptivas e inaceptables
 

La conducta o el comportamiento (son sinónimos) es todo lo que hacemos. Los niños pueden presentar una gran variedad de conductas como llorar, jugar, dibujar, hacer berrinches, platicar, correr, pelear, y muchas otras más. No obstante, hay conductas que esperaríamos que ocurrieran con mayor frecuencia, ya que son más agradables y benéficas para el niño, y por otro lado, hay conductas que quisiéramos que ocurrieran con menor frecuencia o simplemente que no ocurrieran ya que son molestas, desagradables o incluso peligrosas.
 

Dada la gran diversidad de comportamientos que se puede observar en los niños, es conveniente agruparlos en tres categorías o clases: conductas aceptables, conductas disruptivas y conductas inaceptables.
 

Las conductas aceptables constituyen todos los comportamientos que son deseables y que permiten que el niño se adapte adecuadamente a su medio social. Podríamos decir que son conductas benéficas para el niño y para quienes lo rodean. Correr en el parque, jugar con sus compañeros, hacer la tarea, hacer caso, trabajar en clase, participar y lavarse las manos son ejemplos de comportamientos aceptables. Son comportamientos que esperaríamos ocurrieran con mayor frecuencia. A estas conductas siempre les debemos poner atención.
 

Las conductas disruptivas hacen referencia a todos los comportamientos inadecuados y que interfieren  con el desarrollo del niño. Aunque no son graves, impiden que el niño se adapte plenamente a su medio social. Son conductas problemáticas y perjudiciales para el niño y molestas para quienes le rodean. Gritar en el salón, hacer berrinches, tirarse al suelo, correr en el salón y levantarse de su lugar, son ejemplos de comportamientos disruptivos. Son comportamientos que esperaríamos ocurrieran con muy poca frecuencia, o bien, que no ocurrieran. Estos comportamientos siempre se deben ignorar y no deben servir para que el niño se salga con la suya.
 

Las conductas inaceptables se refieren a todos los comportamientos que no se pueden permitir porque implican un peligro o daño grave para otras personas (otros niños o adultos), para el mismo niño, para animales (perros, gatos, etc.) o para los objetos del medio ambiente. Estas son conductas agresivas, tanto verbal como físicamente. No solo son molestas, sino que son graves e interfieren con el desarrollo del niño y su adaptación al medio social. Dar puñetazos, pellizcar, aruñar, morder, dar patadas, escupir, correr a la calle (sin precaución), aventar objetos, romper cosas intencionalmente, golpearse contra la pared, decir groserías y retar al padre o al profesor (cuando es en extrema agresividad, pero si solo es un berrinche contra una orden, se puede simplemente ignorar) son ejemplos de dichas conductas. Son comportamientos que esperaríamos que no ocurrieran. Estas conductas siempre se deben castigar.
 

A estos dos últimos tipos de conducta, es a los que se suele referir cuando se habla de problemas de conducta.
 

La importancia de esta clasificación reside en que de esta manera podemos identificar las medidas que debemos tomar ante cada tipo de conducta, y ser más efectivos en la corrección de los problemas conductuales.
 

 

Qué hacer ante las conductas aceptables, disruptivas e inaceptables.
 

Antes de iniciar la explicación del conjunto de medidas y técnicas correctivas que proponemos, es conveniente señalar que una forma efectiva de abordar y atacar los problemas de conducta, es incrementar las conductas aceptables. Una vez que las conductas aceptables empiezan a aumentar, las conductas problema (disruptivas e inaceptables) empiezan a disminuir. Por tal motivo, iniciaremos estas medidas indicando qué hacer ante las conductas aceptables, para luego hacer mención de las medidas indicadas para las conductas disruptivas e inaceptables.
 

Cuando el niño presente una conducta aceptable, se le debe poner atención, se debe retroalimentar, reconocer, se le debe felicitar, y de vez en cuando premiar. Acompañando lo anterior se puede dar una palmada en la espalda, aplaudir o incluso darle un abrazo al niño, mostrando siempre gesticulaciones faciales y movimientos corporales que denoten aprobación hacia las conductas que el niño realiza. A esta medida que consiste en estimular con atención cada vez que se presente una conducta, se le conoce como reforzamiento, y puede provocar que esas conductas aceptables vuelvan a ocurrir. Es decir, que aumenten su frecuencia.
 

Por otro lado, cuando un niño presente una conducta disruptiva (problemática), no se le debe poner atención, se le debe ignorar. En este caso, la conducta disruptiva no debe servir para que el niño se salga con la suya. Esta conducta, no debe recibir atención ni debe ser premiada o retroalimentada. Nunca. Esto puede generar que el niño se dé cuenta de que no obtiene nada con dichos comportamientos y de esta manera disminuyan. Es frecuente que los niños hagan berrinches para salirse con la suya, conseguir algo o para llamar la atención. En este caso, extinguimos la conducta disruptiva no poniéndole atención. No poner atención, significa no reforzar la conducta. Esto se hace sin hablarle, no mirándolo fijamente, sin estar al pendiente de lo que hace y dice. Para algunas personas esta medida puede ser fuerte, dado que nos puede llevar a dudar si es conveniente ignorar al niño. Sin embargo, lo que se ignora es la conducta que el niño presenta en ese momento, no al niño como tal. Esta medida, sebe aplicarse cuidando no gritarle al niño (ya que esto contradice la medida), ni avisarle que lo vamos a ignorar por lo que está haciendo. Esto último no es necesario. La medida simplemente se aplica.
 

Ante las conductas inaceptables, se debe administrar inmediatamente un castigo. Recordemos que este tipo de conductas no se pueden permitir, por lo que debemos actuar inmediatamente, aplicando un castigo. Al igual que la conducta disruptiva, la conducta inaceptable no debe servir para que el niño se salga con la suya ni como un medio para obtener atención de los demás. Con castigo nos referimos a realizar una acción que no sea agradable para el niño, por ejemplo, quitarle el permiso para ver televisión. De hecho, preferentemente vamos utilizar una forma de castigo que consiste en quitarle al niño cosas que le agraden como consecuencia de la conducta inaceptable que acaba de realizar. Debemos tomar en cuenta todas las cosas que al niño le gustan. Es común que a los niños les guste la T.V., la computadora, la tablet, el internet, algún juguete, algún postre, un permiso especial, andar en bicicleta, etc. Entonces, una forma de castigar sería quitar  tiempo de T.V., la computadora, la tablet, el internet, etc. Igualmente, es necesario considerar que el tamaño del castigo debe ser proporcional a la conducta inaceptable que el niño cometió. Al castigar una conducta de manera consistente, esta baja su frecuencia rápidamente (siempre y cuando se castigue de manera correcta) hasta eliminarse por completo (o reducirse considerablemente, que casi no ocurra).
 

Las técnicas correctivas que se utilizan ante conductas disruptivas e inaceptables –ignorar y castigar, respectivamente- deben utilizarse con una finalidad formativa y no como una forma de desquitarse con los niños. Esto quiere decir que debo evitar actuar emocionalmente al momento de aplicar dichas medidas correctivas. Aunque culturalmente asumimos que el adulto tiene la autoridad sobre los hijos, hay que diferenciar entre actuar autoritariamente y ejercer una buena autoridad. Es perjudicial que los padres castiguen a los hijos como les plazca simplemente porque “pueden hacerlo”. No debemos perder el control. Al aplicar un castigo, debo evitar decir “ahorita vas a ver…”. El castigo simplemente se anuncia y se aplica. Igualmente debo evitar decir al niño “ya no te quiero por lo que hiciste”. No debo gritar al momento de castigar. Como seres humanos, los adultos no podemos suprimir totalmente nuestras emociones, pero si podemos aprender a moderarlas y manejarlas. Muchas de las conductas que los niños a veces presentan son realmente molestas e incluso graves, pero reaccionar de manera emocional y desproporcionada no lleva a solucionar nada. Es importante recordar y tomar en cuenta que la aplicación adecuada de las medidas correctivas lleva a reducir las conductas problema y aumentar las conductas aceptables, y con ello, a generar un mejor ambiente dentro de la familia.
 

Es muy importante tener presente que las medidas que señalamos se deben aplicar inmediatamente después de la conducta, o bien, mientras la conducta todavía está presente. Por ejemplo, si un niño  termina la tarea (con excelentes resultados) y quiero reforzarlo felicitándolo por su trabajo, pero me espero a que terminen las noticias, y entonces voy después de 15 minutos de que la hizo y le digo “que bien que hiciste la tarea, felicidades, te salió muy bonita”, lo que pasará es que probablemente esta medida no será efectiva en lograr que el niño se motive a hacer la tarea en el futuro. En este caso, la felicitación (el reforzamiento) no se dio en el momento adecuado. La       felicitación se debió dar mientras estaba haciendo la tarea, o inmediatamente después de haberla terminado. De manera semejante, si un niño mientras come se enoja porque su mamá no puede llevarlo al cine y avienta el plato de comida al suelo y lo rompe y la mamá no lo castiga en el momento, sino que espera hasta el próximo día y al momento de estar terminando de comer el niño pide su postre y la mamá le dice “como castigo por lo que hiciste ayer, no vas a tener postre el día de hoy”, lo que ocurrirá es que el “castigo” no será efectivo porque no se aplicó en el momento adecuado. Se debía aplicar el castigo justo en el momento en el que el niño aventó el plato, indicándole que se quedaba sin postre durante dos o tres días. En este último caso, estamos castigando quitando solo el postre, no la comida, ya que nunca se debe castigar sin dejar de comer. El reforzamiento (atención, felicitaciones etc.) y el castigo se deben aplicar inmediatamente.
 

Para finalizar la explicación de las medidas correctivas, aclararemos que es muy difícil que cualquiera de las medidas por separado tenga éxito en mejorar la conducta de los niños. No son muy efectivas aplicadas de manera aislada. Siempre se deben usar  en conjunto, identificando siempre cual medida es la adecuada en cada situación específica. No podemos esperar que solo con castigos un niño aprenda a comportarse de manera adecuada. El castigo solo reduce conductas inaceptables, pero no favorece por si solo las conductas aceptables.
 

 

Qué se debe hacer y qué se debe evitar
 

Al momento de aplicar las medidas correctivas, siempre vamos cuidar que estas se implementen correctamente, como debe de ser. Y esto implica tener cuidado y evitar algunas acciones que pueden perjudicar la conducta de los niños.
 

En primer lugar, debemos mencionar que el afán de los padres por educar y corregir a sus hijos, los ha llevado a poner en práctica medidas tradicionales que no suelen ser muy efectivas, pero que están muy arraigadas en nuestra cultura. Muchas personas adultas, actualmente agradecen a sus padres por haberles dado cintarazos o regañado cuando se portaban inadecuadamente, ya que dicen que de esta manera pudieron llegar a ser “personas de bien”. Por tal motivo, no dudan en ponerlo en práctica con sus propios hijos. Sin embargo, este punto de vista, aunque es muy respetable, es muy anecdótico, no es muy claro y no tiene un sustento psicológico ni pedagógico. Aunque, estas medidas tradicionales son muy recurridas, no son las mejores. Este comentario, se incluye principalmente, para señalar las ocasiones en que tales medidas no solo no son efectivas, sino que son perjudiciales.
 

Los regaños y los sermones no se deben utilizar  cuando se quiera castigar a un niño. Si el niño cometió una conducta inaceptable, como por ejemplo pegarle a su hermanito, simplemente se le debe anunciar cual su castigo y aplicarlo inmediatamente. Si además de castigarlo incurro en el error de regañarlo y darle todo un sermón de porque no se debe portar así, el castigo no será efectivo debido a que se le está poniendo mucha atención a la conducta inaceptable que acaba de presentar el niño. Y esto ocurrirá aun cuando el regaño tenga la intención de corregir al niño.  Dicho de otra manera, cuando regaño al niño probablemente estoy reforzando la conducta problema mediante la atención que le doy, y de esta manera, la conducta problema de hará más grande en el futuro.
 

Por lo anterior, el castigo se aplica solo sin ningún regaño de por medio.
 

También en el caso de los berrinches o cualquier conducta disruptiva, esta solo se debe ignorar. En ningún momento debo dar un sermón al niño esperando que así deje de comportarse de esa manera. De hecho, lo que ocurrirá si sigo regañando y sermoneando al niño cuando haga berrinches, es que los berrinches se hagan más fuertes. Por definición, regañar o sermonear el niño se contrapone con la medida de ignorar la conducta problema. No puedes ignorar una conducta y al mismo tiempo regañar.
 

Por tal motivo, solo se debe ignorar al niño cuando presente conductas disruptivas sin ningún regaño de por medio.
 

Una de las funciones primordiales de los padres, es aconsejar a los hijos sobre el buen comportamiento y los riesgos y peligros de la vida. Sin embargo, cuando utilizamos los consejos solo cuando el niño presenta un comportamiento problemático estamos incurriendo en un error. Esto debido a que el concejo funciona como un reforzador de la conducta, ya que este suele ser con un tono de voz agradable e implica mucha atención por parte de los padres, por lo que si se presenta después de que el niño se comportó inadecuadamente este aprenderá que portándose así obtendrá atención de sus padres. Es decir, aumentará la conducta problema. Entonces, no debemos aconsejar a los niños cuando estos se acaban portar de manera inadecuada.
 

En cambio, debo procurar aconsejarlo cuando no haya ningún problema de conducta de por medio. Esto implica tener mayor comunicación con los hijos. Se pueden tener pláticas periódicas, durante la comida, al acostarse o en cualquier momento del día o de la semana para aconsejar a los hijos. Se pueden utilizar historias, cuentos y demás recursos para que los niños entiendan las formas adecuadas e inadecuadas de comportarse y sus posibles consecuencias. Como podemos ver, no significa que no debamos aconsejar los hijos, al contrario, solo se aclara que es importante que no se les aconseje cuando hay problemas de conducta.
 

Debemos tener cuidado en cuanto a la comunicación entre padre y madre, o bien entre los adultos que están al pendiente del niño. Nos referimos a evitar conflictos de autoridad. Este ocurre cuando, por ejemplo, el papá contradice las indicaciones que la mamá le da al niño. Si la mamá le dice al niño que va a poder jugar cuando haga la tarea, y el niño va con el papá y le pide permiso para jugar y le dice que si, se estará dando un conflicto de autoridad debido a que no hay congruencia ente lo que dice la madre y el padre. De hecho se contradice, y esto generará que el niño no haga caso a lo que le dicen, haciéndose para el lado que más le “convenga” (jugar sin hacer la tarea). Otra forma en la que este conflicto puede ocurrir es cuando la mamá castiga al niño sin ver televisión y el papá llega y levanta el castigo dejando que el niño vea la tele (o viceversa, puede ser el papá el que castigue y la mamá la que levante el castigo). También puede ocurrir que los papás simplemente discutan frente al niño, sobre un asunto del mismo niño o sobre cualquier otra cosa. Nuevamente estamos ante un conflicto de autoridad. Por el contrario, lo que se espera es que el niño observe que su papá y su mamá estén en la misma sintonía, que estén de acuerdo en cuanto a las órdenes, reglas, medidas y castigos que aplican al niño. Obviamente, no se espera que siempre lo papás estén totalmente de acuerdo en todo, simplemente se indica que las diferencias se deben tratar en otro momento, en otro lugar y nunca frente al niño. Estas diferencias, deben solucionarse con el diálogo.
 

Lo que se dice se cumple. Es muy importante que las reglas que se le den al niño se cumplan. Si se le dijo que solo si hace la tarea puede ver televisión, esto debe ocurrir siempre. Es probable que los niños en ocasiones quieran ver la tele a pesar de las reglas que lo padres implementan y que pidan a los papás que primero ven la tele y después la tarea. Lo padres deben ser firmes y no deben ceder ante tales peticiones. Algo parecido ocurre con los castigos. Si se dice a un niño que no va air al cine el fin de semana por haber golpeado a un compañero en la escuela y llegado el fin de semana empieza a pedir que lo lleven, y llora y patalea, y dice que ya se va aportar bien, y entonces lo papás deciden llevarlo al cine, entonces no están siendo firmes, ya que no están haciendo valido el castigo anunciado, y lo que ocurrirá es que el niño no mejorará su comportamiento. Nunca las suplicas de un niño para que le quiten un castigo deben funcionar. La medida que se anuncia, es la medida que se aplica. Firmemente.
 

El castigo debe administrarse de forma consistente. Siempre que el chico actúe de la misma forma le será aplicado el correctivo. Si no lo hiciéramos así estaríamos favoreciendo el que, en algunas ocasiones, el niño pueda beneficiarse de las ventajas que le reporte su comportamiento, con lo cual lo estaríamos consolidando en lugar de eliminarlo.
 

Cuidar que el castigo sea contundente. Si optamos por aplicar un castigo, debemos hacerlo en una proporción suficientemente alta para garantizar su carácter punitivo. Facilitando, de esta manera, que esa determinada acción que queremos suprimir, no se repita más. Pero como mencionamos anteriormente, el castigo debe ser del mismo tamaño que la falta cometida por el niño.
 

Un dato importante que vamos a considerar es que las reglas positivas son más efectivas. De preferencia diremos a los niños lo que deben hacer y no lo que deben dejar de hacer. “Juega con tu hermanito”, en vez de “no pelees con tu hermanito”.
 

Finalmente, debemos asumir que el comportamiento que esperamos del niño es un comportamiento que de alguna manera le debemos mostrar. Es necesario que el comportamiento de los padres y de los adultos, sea una muestra del comportamiento para los niños. El problema, es que en ocasiones el comportamiento de los padres no es el más adecuado. Por eso señalamos la necesidad de que haya un cambio en el comportamiento de los padres para propiciar un cambio en el comportamiento de los hijos. Los niños, y todas las personas, tienden a aprender por observación. Imitan lo que ven. Por lo que pueden imitar tanto comportamientos aceptables como problemáticos. Dicho de otra manera hay que predicar con el ejemplo.
 

 

Caso ilustrativo

Un niño llora para que le compren un juguete, y como llora tan fuerte y están en el supermercado y hay mucha gente, los padres terminan por comprarle el juguete.  Esto ocurre con frecuencia, cada ves que van de compras. En el futuro el niño seguirá llorando cuando vallan al súper, ya que su conducta “llorar” (berrinche) ha sido reforzada por los padres.
 

¿Qué deben hacer los padres para que su hijo no presente estos berrinches en el supermercado?
 

Deben dejar de comprarle juguetes cada vez que llore y no hacerle caso, darle la instrucción, “no te compro nada” o “ahora no” una sola vez, sin hablarle en lo absoluto, ni ponerle atención (ignorarlo) cuando empiece el berrinche. Sin embargo, esta medida inicialmente incrementara la intensidad de los berrinches, y es posible que el niño se tire al suelo, grite y llore más fuerte, intente arrojar cosas etc. Pero al ver que su berrinche no surte ningún efecto, progresivamente disminuirá en ocasiones futuras, hasta desaparecer. Con esta medida, a la que llamamos extinción, rompemos la funcionalidad del berrinche. Ya no tiene consecuencia alguna.
 

Es importante mencionar que esta medida, en ocasiones es difícil de aplicar para los padres, ya que “se les parte el corazón”  de ver llorar a su hijo, o bien les da vergüenza que la demás gente los vea, y terminan por ceder ante los berrinches del niño. Es fundamental que la medida se aplique de manera consistente en el tiempo, que cada vez que se presente el berrinche sea ignorado. Si se aplica solo algunas veces, es decir, si a veces le compran el juguete y a veces no, se esta reforzando intermitentemente el berrinche y este se hará mucho mas fuerte e intenso.
 

 

Referencias
Un tipo importante de información, es la que nos permite encontrar más información. El presente “artículo”, es necesariamente superficial, pero es un punto de partida que indica el camino a seguir. El interesado deberá ampliar el conocimiento adquirido con información complementaria. A manera de bibliografía, sugerimos consultar las siguientes fuentes.
Varela, J. (2008). Procedimientos correctivos. En: Psicología educativa: lecturas para profesores de educación básica. Guadalajara: Universidad de Guadalajara.
Galindo, E., et al. (1990). Modificación de conducta en la educación especial. Trillas
Premios y castigos. http://www.mercaba.org/FICHAS/e-cristians/escuela/6_premios_castigos.htm
Ribes, E., (2002). Psicología del aprendizaje. Manual moderno.
www.conducta.org (ver la sección de vida cotidiana, educación y preguntas y respuestas)

 

 

 

 

 

Luis Daniel Ibarra Salaices

Psicólogo en Centro Integral de Psicología
Psicólogo en Instituto Pedagógico Infantil Bilingüe, S.C.
Licenciado en Psicología, UdeO
Maestría en Educación, UPNVer perfil